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El día que Aung San Suu Kyi pudo volver a casa

viernes, 29 de junio de 2012

Cuando Aung San Suu Kyi, activista por la democracia birmana, se casó con el profesor británico Michael Aris, le dijo que algún día su pueblo la necesitaría. Y él lo aceptó. Pero ninguno de los dos pensó, aquella mañana de 1988, que el momento había llegado. El cielo estaba nublado y había un taxi esperándola en la puerta de casa, una bonita vivienda situada en Park Town Crescent, en Oxford donde el matrimonio vivía con sus dos hijos. Ella tampoco sabía que tardaría un cuarto de siglo en volver.

Suu Kyi se fue camino al aeropuerto y tomó el avión rumbo a Birmania. Su maleta no era muy grande. La idea era pasar allí tan sólo unas semanas para cuidar de su madre enferma. Pero al llegar a Rangún se encontró una ciudad manchada por la sangre de los manifestantes que luchaban contra la dictadura militar. Suu, hija del héroe Aung San, asesinado en 1947 por pedir la libertad para su pueblo, era para ellos la única esperanza de cambio.

Pronto, en septiembre de 1988, pronunció su primer gran discurso como líder de la Liga Nacional por la Democracia. Muy pocos políticos sabían por aquel entonces situar Birmania en el mapa y menos aún conocían su nombre. Este jueves, sin embargo, todos querían verla en el Hall de Westminster, centro histórico del país que hace 25 años la vio partir.

Suu Kyi se convirtió así en la primera mujer en pronunciar un discurso ante las dos cámaras en más de 900 años. Desde la Segunda Guerra Mundial, tan sólo se le ha concedido el privilegio a Barack Obama, el Papa Benedicto XVI, Nelson Mandela y el presidente francés Charles de Gaulle.

La cita era histórica. Y no sólo porque hablaba ya galardonada con el Premio Nobel de la Paz y convertida en un icono, sino también porque era la primera vez que el régimen la dejaba volver a Inglaterra después de 24 años, 15 de ellos en arresto domiciliario. Ni siquiera cuando su marido se estaba muriendo de cáncer pudo salir del país. Sabía que si se iba, los militares jamás la dejarían volver.

Suu Kyi se sabe de memoria hasta la última nota y el último silencio del Canon de Pachelbel. Lo ha escuchado innumerables veces durante los años de arresto en que se mantenía conectada al mundo y a Inglaterra, donde vivió durante casi 20 años, a través de la poesía y la música del programa de Dave Lee Travis. Cuando volvió a escuchar sus notas el jueves en Westminster fue muy diferente. 

Este viaje no es un peregrinaje sentimental, sino un medio para cumplir las esperanzas de los birmanos –dijo en Westminster Tenemos una oportunidad única de restablecer la verdadera democracia en Birmania. Hemos esperado muchas décadas y, si no hacemos bien las cosas esta vez, corremos el riesgo de tener que esperar varias más”.

Suu no quiere recibimientos con alfombras rojas, quiere compromisos. Cuando su partido consiguió mayoría absoluta abrumadora en las elecciones de 1990 y los militares decidieron ignorar los resultados manteniéndola encerrada en casa, la comunidad internacional reaccionó tarde concediéndole premios en salas con suelo de mármol. Los comicios no volvieron a repetirse hasta este año, pero, de nuevo, fueron más simbólicos que efectivos. La líder opositora espera que las presidenciales de 2015 le den finalmente el poder para cambiar la cosas.

No es el poder el que corrompe sino el miedo. El miedo de perder el poder corrompe a los que lo tienen, y el miedo del abuso del poder corrompe a los que viven bajo su yugo, dijo en una ocasión.

La líder del movimiento democrático no ha podido visitar la tumba de su marido. No la hay. Fue incinerado y sus cenizas fueron esparcidas por el centro budista de Dumfriesshire. El profesor Michael Aris murió de cáncer en 1999. La última vez que el matrimonio pudo verse fue en 1995.

Esta vez, Suu tampoco ha podido volver a su hogar. La casa victoriana fue vendida hace años. Los niños que dejó aquella mañana nublada son ahora dos hombres cargados de experiencias que no han podido compartir con ella. Alexander, de 39 años, vive en una comunidad budista de Oregón. Kim, de 35, es un carpintero que duerme en un barco, cerca de Oxford.

Pero Oxford no era la misma ciudad que dejó en 1988. Acudió hasta allí para recoger el doctorado honoris causa. “Durante todos estos años difíciles mis recuerdos de Oxford me ayudaron a responder a los desafíos a los que debía hacer frente”, dijo.

Después de estar más de una década sin ver a su madre, Kim se pudo reencontrar con ella hace dos años en Birmania. Llevaba en su brazo tatuado la bandera de la Liga Nacional para la Democracia. A pesar de haberse casado, su mujer y sus hijos viven en Portugal. “Es asunto de ellos tener o no a los niños cerca de los dos padres”, dijo en calidad de abuela. “No estoy especialmente contenta con esa situación… pero en la vida uno decide cuáles son sus prioridades y vive con las consecuencias”, dijo.

Antes de dirigirse a Westminster, la Premio Nobel pasó por Downing Street y apoyó la invitación que David Cameron le ha hecho al presidente birmano, Thein Sein, para visitar el Reino Unido. Considera que la visita de un dirigente que formó parte de la junta militar que gobernó Birmania durante 49 años, la misma que la ha privado de tantas cosas, evitará que su país esté «encadenado a su pasado».

Suu Kyi impone respeto al entrar en Downing Street. El auditorio se sobrecogió ante el poder de los silencios, la elegancia al andar, la firmeza de las palabras y la serenidad de una mujer que odia que la describan como una santa o como un icono.

Cuando le pregunté en qué momento durante todos estos años le había costado más estar callada, me dijo que ninguno en concreto porque veía su vida y el mundo con perspectiva global. “Lo que hago nace de una voluntad, de una búsqueda de democracia, de una necesidad de futuro”, contestó. “No lo veo como un sacrificio”. 

Visto en El confidencial.

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