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Rohingya

miércoles, 17 de marzo de 2010

Igual que hay países productores de petróleo, cereales, energía o automóviles, Birmania, además de gas y piedras preciosas, produce refugiados. Es cierto que pueblos sin Estado ni territorios no son episodios coyunturales; han existido siempre y que suelen estar constituidos por una minoría social, étnica o religiosa.

El rohingya, el pueblo más triste del mundo, pertenece a un grupo étnico asentado en Birmania (Myanmar) junto a Bangladesh. Son miembros de una minoría a la que el régimen militar birmano no reconoce condición de ciudadanos, tampoco de extranjeros. Una minoría que está siendo sometida a condiciones terribles —bastaría con buscar imágenes en Google para hacerse una ligera idea de la situación en la malviven—; mientras tanto, parece que el resto del mundo permanece ajeno al drama.

Como escribe Chris Lewa, la privación de la ciudadanía es una estrategia para justificar el trato arbitrario y discriminatorio, para restringir la libertad de movimiento y para negarles la posibilidad de trabajar en los servicios sociales incluido el sector educativo y sanitario. Tratan de huir; algunos a un país tan pobre como Bangadesh, donde se hacinan en el campo improvisado de Kutupalong, otros emprenden una peligrosa travesía hacia Malasia. Muchos no llegan.

John Carlin, en entrevista publicada en el número 82 de la revista MSF (página 14), afirma que si los rohingyas estuvieran organizados para matar gente, se les prestaría más atención. Argumenta que no se sublevan porque están fuertemente controlados, carecen de organización y porque están dispersos por Bangladesh, Tahilandia, Malasia, Indonesia, Arabia Saudí, o Paquistán. En definitiva, personas esclavizadas por unos y olvidadas por otros.

Artículo visto en 14 de abril.

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