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Myanmar. La maravilla bajo el yugo.

jueves, 17 de junio de 2010

Birmania dejó de llamarse Birmania (o Burma en ingles) en 1989 para llamarse Myanmar, y su capital, Rangún, paso a llamarse Yangón.

Hoy por hoy Myanmar es uno de los países más aislados del planeta.

Todo gracias a que desde 1962 este país es gobernado con mano de hierro por una junta militar tristemente famosa por sus crímenes contra la humanidad.

Un levantamiento pacífico pidiendo la democracia en 1988 fue sofocado brutalmente, con el saldo de, al menos, 3.000 muertos.

En 1990 se celebraron elecciones que ganó la Liga Nacional para la Democracia con un 82% de los votos. Una maniobra que sirvió para que los lideres democráticos salieran a la luz y fueran posteriormente encerrados por la Junta, quién por supuesto no entregó el poder al partido ganador.

Aung San Suu Kyi, líder del partido LND, heroína nacional por su entregada lucha en favor del pueblo y la democracia, y Premio Nobel de la Paz, sigue hoy día (viaje realizado en febrero de 2009) bajo arresto domiciliario.

La reciente Revolución Naranja (Revolución Azafrán) promovida pacíficamente por monjes y estudiantes fue también violentamente sofocada. Y toda opinión politica formulada en voz alta por cualquier ciudadano puede costarle la cárcel, o incluso, la vida.

La violación continuada de los derechos humanos del Gobierno de Myanmar provocaron el bloqueo de EE.UU y la Unión Europea. Una de las muchas consecuencias (quizás sólo la mas vistosa) es la ausencia de cajeros automaticos.

En definitiva, este es un país que vive el oscuro periodo de una dictadura muy retorcida. No me sorprendería mucho que cuando llegue la democracia (lo cual aún parece lejano) y se destape todo lo que está ocurriendo, los crímenes del presente régimen no estén muy lejos de listón marcado por los Jemeres Rojos (esperemos que no).

Toda esta situación ha provocado un estancamiento tal que parece que el S.XX aún está por llegar. Y no digamos ya el S.XXI.

Al llegar a Myanmar y salir de la terminal del aeropuerto y ver a los taxistas con falda, el tradicional longui, uno ya se da cuenta de que aquello va a ser interesante. Uno piensa que va a ser un país peculiar. Y sin duda lo es.

Taxis que se caen a pedazos, sin embellecedores, sin manivelas para las ventanillas, ni cinturones de seguridad. Los retrovisores sujetos con celofán y cables asomando por los rincones, sólo sirven para distraer a uno hasta que se da cuenta de que, aunque los automóviles circulan por la derecha como en España, tienen sin embargo el volante al lado derecho, es decir, al lado inglés. Haciendo que los adelantamientos sean... bueno digamos: emocionantes.

Ciudades con calles que parecen no haber cambiado en 50 años. Por supuesto ningún 7 Eleven, McDonald, Burguer King, etc. Ni rastro de cajeros automáticos. Repito, no existen cajeros automáticos. Aquí tu Visa y tu dinero de plástico no valen de nada.

El paisaje urbano de Yangón es acojonante. Saturación de carteles, cables, toldos, tuberías que salen fuera de la pared. Automóviles prehistóricos que escupen el combustible en vez de quemarlo. Trishaws a pedales a los que llaman Sai qa (side car). Bicicletas remendadas.

Una fila de monjes en peregrinación matutina recibiendo los alimentos que le entrega la población. Comer una sopa y un plato por 30 céntimos sentado en un taburete de plástico, sobre una acera, bajo una sombrilla y una maraña de cables mientras se mira a la cocinera coger todo con la mano. Autobuses que rezan "Express" sobre la cabina en letras grandes pero que tardan 16 horas en hacer 500 km.

Escupitajos rojos, producto de un sustituto del "tabaco" forman constelaciones en el suelo de la ciudad, galaxias sobre un asfalto lleno de heridas. Oscuros y sucios edificios de viviendas apretados como almendras garrapiñadas. Cuerdas rematadas por un gancho o una pinza, que cuelgan desde el quinto piso. Una mujer asomada a la ventana, abajo el niño -Manuel engancha la bolsa de los plátanos- imagino que le estará gritando.

Unas piernas de bronce asoman bajo un camión abierto en canal, como si un monstruo se estuviera comiendo al mecánico en una calle donde parece que ha caído una bomba hace 10 minutos.

En una sombra una mesa sustituye a las inexistentes cabinas de teléfonos. En ella 4 aparatos unidos por un cordón umbilical que escala hasta un cajetín. Una guía de teléfonos abierta, un señor hablando, la telefonista dormida sobre la mesa.

Escasos cibercafés, internet a pedales, portales prohibidos, opiniones prohibidas.
Absténganse de opinar. Absténganse de viajar a esta zona o a aquella otra. A lo mejor no podemos porque están en guerra con minorías étnicas que siguen rebeldes al gobierno. O porque tienen campos de concentración, o cárceles, o están construyendo carreteras con presos encadenados. O a lo mejor para no ver los campos de opio que controla el gobierno y que convierten a este país en el segundo productor mundial después de Afganistán.

Oscuros negocios con China, India o Tailandia, unos de los pocos países que comercian con Myanmar.

Los cortes eléctricos son constantes. Tiendas de electrodomésticos que venden televisores que funcionan con electricidad, pero que tienen que estar alimentadas por un generador. Restaurantes alimentados con un generador. Hoteles con generador. Un país alimentado por un generador. Por miles, millones de generadores. Oscura es la noche en Mandalay. Mientras el gobierno vende electricidad a China.

Y el campo. Esto si que es Asia profunda. Arrozales salpicados de búfalos de agua.
Niños minúsculos sobre los búfalos enormes, conduciéndolos de vuelta al casa antes de que se ponga el sol. Carretas de bueyes y ruedas de madera. Mujeres haciendo los trabajos más duros. Mujeres con el mundo sobre los hombros. Cabañas de bambú levantadas sobre pilotes de madera. Techos de paja. Arquitectura de supervivencia.
Vulnerable. Como la población.

Las mujeres y los niños con la cara decorada con el tanaka. Soy un fan del tanaka. Auténticos, encantadores. Como la gente de este país.

Pedalear en bicicleta entre los templos de Bagán. Las maravillosas estampas del Lago Inle al amanecer, donde los pescadores parecen seguir una hermosa coreografía, empujando con una pierna un remo, de pié sobre la otra en un extremo de la barca mientras con los brazos extienden las redes. Bailarinas flotando sobre el lago. El puente de pilotes de U Bein entre la bruma matutina es poesía sobre el agua. Todo ello junto con las escenas de postal de los arrozales no son motivo suficiente para venir a este país.

Aunque creo que el único poso más importante que permanecerá en mí, es la gente. Una gente encantadora que de verdad se merece un monumento. Aquel mito de gente pobre pero feliz se me calló cuando viajé a la India. Y pensé que sólo seria un mito. Una mentira. Y que en ningún lugar podría ser verdad. Sin embargo en Myanmar las sonrisas son espontáneas y sinceras. Por supuesto algunos te piden dinero o te quieren vender las postales, te dan la brasa con souvenirs o te quieren engañar como los cambistas callejeros. Pero casi todo es agradable y sincero. Los niños pequeños son unos soles. Siempre gritando "Mingalaba", "Hello", "How are you" cada vez que ven a un extranjero y se mean de la risa al verse en la pantalla de la cámara digital. Los hombres que hablan inglés a menudo se acercan a hablar contigo y charlar un poco, y las chicas te miran de reojo, saludan y se ríen con vergüenza mientras apenas se atreven a preguntarte de donde eres.

Cuando uno sale de Myanmar sale con sentimientos difíciles de explicar. Sentimientos enredados que no te dejan decir si el país te ha gustado o no te ha gustado. No podría decir ni no uno, ni lo otro. Emociones encontradas, experiencias agridulces. Salgo con pesar en el corazón por ver un país (que es rico en petróleo) en una situación tan deplorable. Una población que no se merece los 47 años de opresión y sufrimiento. Una gente genial, a la que desde luego pongo una medalla.

Ayer regresé a Madrid. Ya estoy en casa. Con Ana, la familia, los amigos. Rodeado de cariño y lleno de energía para trabajar y aportar algo al mundo desde esta esquinita llamada España llena de tapas, cañas, eñes y acentos.

Me he vuelto loco disparando fotografías indiscriminadamente como los japos. Pero la selección será un placer visual.

Un fortísimo abrazo a todos.
(Nota: Rubén Martín de Lucas es el autor de la entrada original en Arte y nomadismo)














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