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Olvidada Birmania

lunes, 27 de octubre de 2008

Editorial de El país del pasado sábado 25 de octubre de 2008

Durante la mayor parte de los últimos 20 años, Aung San Suu Kyi, la líder de la oposición birmana y premio Nobel de la Paz, ha permanecido detenida. Los espadones de la junta militar que con nuevas caras se perpetúa en el poder desde 1962 la mantienen desde hace 13 años en arresto domiciliario. No parece haber perspectiva de que su situación vaya a cambiar, ni tampoco la de su sometido país, pese al efímero rayo de luz que arrojaron la revuelta popular de 2007 y los efectos del posterior ciclón devastador. La Liga Nacional para la Democracia, el partido de Suu Kyi, es visto como progresivamente irrelevante por muchos birmanos, que también creen que su jefa va perdiendo contacto con la realidad. Inevitables efectos ambos de un régimen carcelario en el que la oposición está cercada, desorganizada y fragmentada.

El caso de Birmania (hoy Myanmar) es el de un país cuyas libertades fueron secuestradas hace casi medio siglo, y en ello sigue. Ni el descrédito, ni los llamamientos internacionales, ni las sanciones más o menos simbólicas han movido un ápice la voluntad de una dictadura que se siente segura porque nunca ha dudado en apretar el gatillo contra los suyos, al precio de miles de muertos; y porque en su rincón del mundo el único poder efectivo, China, se muestra indulgente con ella.

En su perennidad, los militares han tenido tiempo de reprimir salvajemente la insurrección popular de 1988, de anular los resultados de las elecciones de 1990, de aplastar sangrientamente las protestas encabezadas por sus monjes -ese espejismo de poder popular- a finales de 2007. También, el año pasado, 14 después de su comienzo, de presentar un borrador constitucional, supuestamente democrático, en el que se perpetúa la dominación castrense. Las promesas de reforma que han permitido a los desalmados generales birmanos trampear con unos poderes internacionales poco interesados en lo que sucede en el país de las pagodas nunca se han hecho efectivas. Than Shwe, el jefe de la junta, ha ninguneado las repetidas y fútiles visitas del enviado del Consejo de Seguridad, Ibrahim Gambari.

Pedir heroísmo a quienes son repetidamente ametrallados es una infamia. Birmania seguirá siendo una vasta cárcel al aire libre mientras su Ejército esté dispuesto a seguir ensangrentándola y las potencias democráticas miren hacia otro lado desde su remota torre de marfil.

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