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Myanmar, la vuelta al pasado

lunes, 19 de abril de 2010

Cuando alguien te habla de Myanmar, la antigua Birmania, un país bajo dictadura y sin libertad de expresión, uno se imagina un lugar tomado por los militares. Y después de leer y escuchar muchas opiniones te planteas si es adecuado ir o no. Con el pago del visado, la entrada en los lugares turísticos y demás estas financiando al régimen y al mismo tiempo hay quien dice que les estas dando tu aprobación al no hacerles boicot. Por otro lado, la única manera de saber lo que pasa realmente es yendo, y casi el único contacto que tiene la población con el resto del mundo es a través de los turistas. Yo me decidí sin dudar por la segunda opción.

Con el visado en el pasaporte y el billete comprado te preguntas qué debes esperar de Birmania, ¿te dejarán hacer lo que quieras? ¿Podrás viajar sin restricciones? ¿Podrás comunicarte con el exterior? ¿Será su población triste, pobre y hostil? Sólo llegar al aeropuerto quedas maravillado por una gente culta, educada, sonriente, alegre e increíblemente hospitalaria. Para los Birmanos no eres un turista eres un invitado y en consecuencia te tratan como tal.

A pesar de que te cuentan que hay presencia policial, ni la ves ni la sientes y viajar por Birmania resulta fácil aunque agotador. Como turista sólo tienes permitido viajar por el centro del país así que todos los extranjeros hacemos el mismo recorrido. Las carreteras son malas y las distancias largas, cualquier desplazamiento significa 10 ó 15 horas de autobús, así que hay que asegurarse de que sea confortable y tenga aire acondicionado sino el camino llega a ser una tortura. Utilizar transporte y alojamiento no gubernamental es fácil si vas de mochilero y tus exigencias no son altas, y el dinero va directamente a la población.

Myanmar es la vuelta pasado, a la antigua usanza. Tienes el privilegio de ver como se vivía a principio del siglo anterior. No hay pobreza ni miseria, se sienten orgullosos de sus costumbres, de su vida sencilla, sus valores y su país, aunque sí existe la necesidad constante de hablar sobre su falta de libertad de expresión y recuerdan con tristeza los tiempos de bonanza antes de la dictadura, cuando su moneda era fuerte y su país rico.

Los hombres vestidos con camisa y longyi, una especie de falda de cuadros larga y ceñida, resultan elegantes y atractivos. Las mujeres van parecidas al resto de Asia, falda larga y blusa pero les distingue un maquillaje bastante peculiar. El thanaka es el tronco del Sándalo mezclado con agua con el que se pintan dos grandes cuadrados amarillos en las mejillas que les da un aspecto gracioso e infantil. Hombres y mujeres tienen casi los mismos derechos y ambos están muy pendientes y cuidan con mimo y dedicación a los niños.

Las casas ya sean básicas o sofisticadas están fabricadas íntegramente de bambú trenzado, son resistentes, frescas y muy bonitas. En las calles polvorientas y sin asfaltar te cruzas con monjes, mujeres sosteniendo objetos en la cabeza, carros tirados por bueyes, carruajes de caballos, bicicletas y trishaws junto con decenas de motos a las que les dan un uso poco convencional. La familia entera, con las compras, la mercancía para vender, la madera y todo aquello que necesiten se desplaza encima de un ciclomotor que hace equilibrios evitando los baches y agujeros.

El reparador de paraguas, el sombrerero, la modista, la telefonista con un taburete, una mesa y un teléfono en la calle en el que la gente se para llamar, hacen que las cosas tengan sentido. La gente tiene un oficio, crean y reparan alargando así la vida de los objetos, alejándose del usar y tirar. Esta vida sencilla se mezcla con DVD en la peluquería, teles de pantalla plana en las casas de bambú y antenas parabólicas en los monasterios para ver los partidos de fútbol en Europa, de los cuales son grandes fans, pueden decirte cualquier alineación o resultado de un partido. Explicado así parece una contradicción, las dos culturas, la antigua y la nueva, conviven a la perfección.

Yangón, su [nota del editor: antigua] capital, dista mucho de ser una ciudad cosmopolita aunque comparado con el resto de país es una ciudad moderna. Internet se interrumpe cada dos minutos, hay electricidad pocas horas al día y los cortes son frecuentes así que en la mayoría de lugares usan generadores o baterías de coche. La gente hace vida en la calle, llena de puestos de comida con unas mesitas y sillas de miniatura que para los europeos altos resulta complicado sentarse. El turismo no abunda, te paran para hablar, te sonríen y saludan constantemente por la calle como si fueran parientes o conocidos. No les importa que les hagas fotos, solo quieren que se la enseñes y si tienen cámara te pasas 15 minutos posando con toda la familia.

Conversar con el monje director de un monasterio, ver huertos y poblados flotantes, ser maquillada por una mujer birmana en el medio de un campo, ir rio abajo durmiendo en la cubierta de un barco, descubrir templos en bicicleta, compartir whisky local o zumos de fresa con un gran compañero de viaje, son algunas de las cosas que he hecho en 3 semanas en Birmania y que se mezclan con una imagen no tan grata del país. Naturalmente sabía que no era la mejor época del año para visitar Birmania pero no esperaba encontrar un paisaje tan desolador. Las montañas marrones, polvorientas y llenas de arboles pelados, los campos quemados preparándose para plantar las nuevas cosechas y los 40 grados secos y asfixiantes, hacen que te cueste encontrar la motivación para visitar, hacer trekking o recorrer.

Si alguien se está planeando Myanmar como próximo destino le recomendaría venir después de la época de lluvias, cuando todo es verde y lleno de vida.

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