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Las gentes del Lago Inle

miércoles, 27 de enero de 2010

Porque el espectáculo de este hermoso lugar no es otro que la vida que late en sus aguas, nuestro lector relata el ir y venir de sus gentes, el ajetreo de sus mercados y la colorida belleza de las vestimentas, los frutos y los atardeceres.

El lago Inle se encuentra al este de Myanmar, en el estado de Shan, y está habitado por unas 80.000 personas, la gran mayoría pertenecientes a la etnia de los Intha. Yawnghwe, en el extremo norte, es la principal población y puerta de entrada al lago.

La visita al lago no destaca por paisajes de gran belleza o por imponentes arquitecturas; el espectáculo del lago Inle es, simplemente, su vida. Acudir a primera hora del día a uno de los mercados que se celebran en las orillas del lago es una experiencia irrepetible. Los mercados se organizan diariamente en un ciclo continuo de cinco días. Ver cómo se aproximan las barcas cargadas de productos por un lado, y cómo los carros tirados por bueyes provenientes de las montañas se acercan por el otro. Saltar de barca en barca, por decenas de ellas, hasta pisar tierra y llegar al mercado. Presenciar cómo las etnias vecinas se acercan a aprovisionarse, cada una de ellas vestidas de un modo diferente.

Las fábricas de seda
Y después, en pleno ajetreo de media mañana, acudir a una de las numerosas fábricas de seda levantadas en casas de madera sobre el lago. Perderse en barca por cualquiera de sus pueblos flotantes. Contemplar cómo los vecinos se mueven de casa en casa en sus rudimentarias barcas, o cómo los niños sacan a pasear a su hermanitos aún más pequeños también en barca. Y llegar a los jardines flotantes, hileras infinitas de tomates, de berenjenas, de flores.

Y al caer la tarde, esperar inmóvil en el centro del lago viendo pasar a los pescadores con sus redes en forma de cono, remando con una sola pierna en aguas rojas teñidas por la última luz del día. Y antes de que ésta se apague del todo, regresar a Yawnghwe por su canal, justo a tiempo para la hora del baño, cuando todos, niños, ancianos, adolescentes, padres e hijos se acercan al canal a asearse, sin pudor y con alegría.

La misma alegría que la de los campesinos que terminan su jornada y regresan a casa después de una larga faena en la arrocera. La misma alegría que la de un grupo de monjes novicios que saluda, y que a diario, en sus horas de descanso al final del día, acude a orillas del lago... a ver pasar la vida.

Visto en Ocho leguas.

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