Durante las últimas semanas, entre combates en Siria y Juegos Olímpicos, se han colado muy tímidamente, sobre todo en medios anglosajones, los
ecos de un conflicto en Birmania:
el de los rohingya. Birmania, o
Myanmar, como se llama
oficialmente desde 1989, está bajo la atenta de toda la comunidad internacional por el
proceso de apertura que ha emprendido tras 50 años de dictadura. Durante los últimos meses
se ha especulado sobre cómo los conflictos étnicos, en un país con más de 130 minorías diferentes, podrían afectar al proceso. El interés se centró principalmente en la zona karen, al sureste del país, y en el estado kachin, donde ha habido enfrentamientos abiertos durante el último año.
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Mapa del estado Rakhine
o Arakan./ Dr. Blofeld
y Uwe Dedering
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Fue el detonante directo de una
oleada de enfrentamientos en los que,
según las autoridades,
han muerto unas 80 personas y
miles de casas han sido incendiadas. Sin embargo, los
grupos de derechos humanos aseguran que
las cifras son mucho mayores. En un reciente informe publicado por
Human Rights Watch, la ONG asegura que
las cifras han sido “subestimadas de forma importante” y que
al menos 100.000 personas han sido desplazadas por los conflictos. Por su parte,
Amnistía Internacional ha denunciado que la
violencia es principalmente unilateral y está
dirigida hacia los rohingya.
Pero no es la primera vez que los rohingya sufren persecuciones y Naciones Unidas los considera como uno de los grupos étnicos más perseguidos del mundo. Desde 1982, son un pueblo apátrida ya que la ley birmana les deniega la ciudadanía. Pero ¿cómo han llegado a esta situación?
¿Quiénes son los rohingya?
Los Rohingya son un
grupo étnico de mayoría musulmana asentados
principalmente al norte del estado de Rakhine,
nombre oficial del estado de Arakan, en la
frontera entre Birmania y Bangladesh.
Su origen es incierto y parece haber sido un
grupo muy móvil entre los territorios que actualmente conforman estos dos países. Esta ha sido una de las principales razones por las que
su ciudadanía es rechazada por ambos gobiernos, que
se acusan mutuamente de no reconocer a unos ciudadanos que son del otro país.
Su idioma es además similar al bengalí y
sus rasgos también, lo que ha ayudado a que
sean vistos como inmigrantes bengalíes ilegales en Birmania.
Se calcula que hay unos 800.000 rohingyas viviendo dentro de Myanmar, y otros 30.000 en campamentos de refugiados en la frontera con Bangladesh. Otros 200.000 residen ilegalmente en otros países, Bangladesh principalmente, aunque también en Tailandia o Malasia.
Según Human Rights Watch,
el nombre de Rohingya procede de “
Rohang” or “
Rohan”,
denominación que recibía la región de Arakan durante los siglos IX y X. En cualquier caso,
los musulmanes se asentaron en la zona hace varios siglos, tal y como
demuestra la existencia del reino musulmán de Mrauk-U, bajo cuyo dominio estaba la región de Arakan. Este reino tenía una relación directa con el sultanato de Bengal y miles de bengalíes se asentaron en la zona.
A
finales del siglo XVIII, con la
anexión de la región por parte del rey birmano Bodawpaya, la mayoría de estos musulmanes
emigraron a Bangladesh, región que ya estaba
controlada por Inglaterra. Cuando
el imperio británico incorporó también Birmania en 1886, éstos
volvieron a su región de origen y
la frontera se hizo muy porosa.
El
imperio británico favoreció además, como en la mayor parte de su territorio asiático, la
inmigración de trabajadores indios y bengalíes a Birmania, que causó
tensiones con los locales. Tal y como asegura el historiador
Thant Myint-U en su
The River of Lost Footsteps: A Personal History of Burma en muchas ciudades importantes de Birmania, los inmigrantes de origen indio formaban una comunidad importante, en algunos casos mayoritaria.
Los indios coparon además los puestos públicos y
se convirtieron en los principales prestatarios, como relata
Robert Taylor en
The State in Myanmar. Todo esto provocó un
odio generalizado hacia todo lo que procediera de la zona occidental de Asia, ya fuera
India o
Bangladesh.
Su situación empeoró a partir de 1962, cuando un golpe de Estado dirigido por el general Ne Win tomó el poder y puso en práctica una política de homogeneización racial y cultural que dio prioridad a la etnia principal, los bamar, y a los practicantes de budismo. Desde entonces, los rohingyas han sufrido varias persecuciones, especialmente a finales de los 70 y principios de los 90, además de ser ilegalizados en 1982.
¿Por qué nadie quiere a los rohingya?
Ni siquiera la premio
Nobel de la Paz y líder de la oposición,
Aung San Suu Kyi,
se ha pronunciado directamente para intentar frenar la violencia.
Su posición es difícil, porque cualquier decisión es
perjudicial para ella.
Defender a los rohingyas supondría perder buenas parte de sus apoyos en Birmania (y quizás poner en riesgo sus posibilidades de ganar las elecciones de 2015) y
no hacerlo minará con su credibilidad como defensora de los derechos humanos.
Pero el mayor odio reside en la población, que acusa a los rohingyas de matar y de violar a la población budista o de pertener a grupos terroristas como Al Qaeda. Con un sentimiento tan generalizado, la política del gobierno de querer expulsar a los rohingyas del país les está haciendo ganar apoyos entre la población, aunque no en los despachos de la ONU, que se ha negado a participar en el desplazamiento masivo de los rohingyas a otro territorio. Pero no todo es positivo para el gobierno ya que la violencia podría además ser negativa en el proceso de reformas y en su política con otras etnias.
Por su parte,
Bangladesh, con la
densidad de población más alta del mundo (sin tener en cuenta islas o micro-estados) prefiere
no tener que hacerse cargo de un millón de ciudadanos más.
Algunos países islámicos se han alzado para protestar por la persecución a los rohingyas, entre ellos
Irán o
Indonesia, pero
ninguno se ha mostrado dispuesto a acoger a los apátridas.
Parece que
los únicos beneficiados, según apunta
The Economist, podrían ser
los militares más conservadores, ya que el conflicto puede
poner en entredicho el proceso de democratización y a sus principales artífices, el presidente
Thein Sein y la opositora
Suu Kyi. Ni siquiera la
visión idílica que existe en Occidente de una Birmania de
modélicos ciudadanos defensores de los derechos humanos a pesar de la opresión del gobierno quedará a salvo.
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